La soledad me ha acompañado por mucho tiempo. Y todavía no termino de entenderla.
Hay algo que me he preguntado desde hace varios años. Suelo escribirlo, borrarlo, volver a plasmarlo. Es una dimensión presente en algunos de mis personajes, cuentos, historias que intento construir. La interrogante es simple y no tiene respuesta fácil:
¿Qué significa realmente estar solo?
Podría decir que escribo sobre la soledad porque es un tema filosófico tratado por incontables mentes. O porque es una emoción que todos en algún momento experimentamos y que merece ser explorada. Eso sería cierto. Pero no al cien por ciento.
Escribo sobre la soledad porque es irónica. Porque cada vez que creo haberla entendido, aparece una forma nueva que no había considerado. La soledad de quien está rodeado de gente. La soledad de quien acaba de perder a su última compañía. La soledad de alguien indefenso y que no puede gritarlo. La soledad de una máquina que termina por hartarse. La soledad de una comunidad que se autodestruye.
En Simulacros de soledad intenté explorar seis de esas formas. Seis cuentos con seis mundos distintos. Seis perspectivas tan parecidas y diferentes a la vez. Hay historias donde el escenario cambia, la época cambia, los personajes cambian. Sin embargo, la pregunta es siempre la misma.
Aprendí algo escribiendo estos escenarios. La soledad se manifiesta de maneras diversas según el contexto. A veces llega sin avisar; otras veces la elegimos sin saber lo que realmente elegimos. Sentirse solo en una ciudad con millones de personas se parece poco a sentirse solo en un planeta sin nadie. La que viene del duelo se parece poco a la que te genera el silencio. La soledad que uno busca se parece poco a la que lo encuentra de imprevisto.
Esa es mi situación con la soledad. Cada vez que intento definirla, no me deja asirla. Sospecho que mientras se siga escapando de mí, seguiré escribiendo sobre ella.