Escribo ciencia ficción para conocer diferentes realidades.
Siempre tuve mucha curiosidad. Quería saber si existía alguna ruta que me permitiera crear mi propio mundo. Tener un pequeño laboratorio en el que se forjaran historias a partir de mi propia especulación. Con el pasar de los años descubrí los libros de ciencia ficción.
Se trataba de un universo fascinante. Ideas que permitían abordar las diversas aristas del mundo.
Escribo ciencia ficción porque es un género que me permite tomar un concepto y explorar todas las situaciones que puede llegar a experimentar.
Cuando escribí Las lunas de Júpiter o Simulacros de Soledad quería plasmar cuánta incertidumbre nos rodea, cómo nos comportamos ante ella, y sobre todo cuáles son los límites de nuestra comprensión.
Creo que la ciencia ficción que escribo invita a la introspección, a pensar no en qué sucede afuera cuando algo cambia de manera utópica, sino en cómo nos sentimos nosotros ante tal cambio.
Por eso, para mí, la ciencia ficción es como mi propio laboratorio. Es aquel lugar en el que disecciono mi propia mente, me escabullo en sus rincones para encontrar ecos olvidados que se vuelvan reflexiones de la vida, de los humanos, de las acciones y pensamientos que en ocasiones nos sobrepsan.
La ciencia ficción es especial. Me ha servido para formular preguntas muy serias: ¿qué podemos llegar a decidir cuando estamos solos? ¿Qué pasa cuando las decisiones importantes en mi vida las toma alguien más: un algoritmo, por ejemplo? ¿Aceptamos condiciones que no comprendemos y no somos capaces de cuestionarlas?
Estoy convencido de que todos los libros de ciencia ficción que he leído no solo me dieron respuestas. Me dejaron más preguntas de las que tenía antes. Ese es el objetivo: entender que hay mucho por descubrir y el primer paso es atreverse a preguntar.
Por eso escribo ciencia ficción. Para comprender nuevas realidades.
Si alguna vez un lector termina uno de mis cuentos o novelas y se queda unos segundos en silencio, con una pregunta nueva en la cabeza, entonces el esfuerzo valió la pena.