Ensayo · Octubre 2026

Escribir por las noches

Aún no escribo a tiempo completo, aunque es uno de mis mayores anhelos. Por ahora, escribo por lo menos dos horas por noche, casi todos los días, después del trabajo.

Cuando la gente se imagina cómo es el ritual de escritura de los autores, siempre coinciden en ciertos elementos: alguien con una casa en el campo, un escritorio, una libreta, una taza de café, y todo el día por delante para dedicarse a su obra. Escribe en silencio, sin interrupciones, hasta terminar la novela.

Mi caso es algo diferente.

Soy escritor independiente y autodidacta. Vivo en Perú. Trabajo, como cualquier persona. Y escribo por las noches, después del trabajo, cuando el día ya terminó y queda poco espacio para otra cosa. Dos horas. A veces menos. A veces, si el cansancio es mucho, nada. Acompañado de una vista que refleja el cielo oscuro que observo a través de mi ventana y algunos edificios.

Es una realidad que se repite en varios escritores que conozco. Muchos no viven de escribir. La mayoría escribe entre otras cosas: entre el trabajo y el sueño, entre las obligaciones y las ganas. Su escenario siempre tiene una mesa, una silla, y un encuentro con la medianoche.

Hace varios años pensé que esta manera de escribir era una especie de desventaja. Sentía que si tuviera más tiempo, escribiría mejor. Que si no tuviera que trabajar, produciría más. Pero la vida, la madurez o el enfoque me ha hecho cambiar de opinión.

Escribir por un par de horas al día, con la disciplina que eso exige, tiene enormes ventajas. La primera es la constancia. Dos horas diarias durante un año son setecientas horas. Setecientas horas dedicadas a un proyecto son suficientes para escribir una novela. La segunda es el foco. Cuando solo tienes dos horas, no puedes distraerte. Sabes que ese tiempo es limitado y lo aprovechas. Sí que lo aprovechas. Doy fe de eso.

Es posible. Estoy convencido de que hay miles de escritores independientes produciendo obras increíbles mientras sostienen un trabajo, una familia, una vida.

En mi caso escribo por las noches porque es el momento que tengo. Y he aprendido a querer ese momento. Lo he vuelto oportuno. Hay algo en escribir cuando el día ya terminó, cuando la ciudad se apaga, cuando los ruidos ya no interrumpen, que se parece mucho al silencio que algunas de mis historias intentan describir.

Escribo porque disfruto hacerlo. Porque hay historias que quiero contar y porque la única manera de contarlas es escribir, sin esperar el momento perfecto.

Si estás leyendo esto y estás pensando en escribir, mi consejo es: hazlo sin temor. Toma las dos horas que tengas. Mañana vuelve a tomarlas. En un año te darás cuenta que poco a poco construiste algo. Eso te hará sentir más orgulloso.

Si este ensayo te invitó a la reflexión, suscríbete a la newsletter. Un correo al mes. Contenido que te puede aportar. Nada de spam.

Suscribirme →
Otras notas
Por qué escribo sobre la soledad La ciencia ficción como mi laboratorio